“Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal” (Benedicto XVI: Enc. Spe salvi, n. 48).
Estas palabras del Papa en su reciente Encíclica sobre la esperanza nos recuerdan la posibilidad real, inmediata, de instalarnos interiormente en un mundo de relaciones interpersonales inagotable. Sin necesidad de mucha teología, las mejores personas, que son quienes más aman, viven así casi inconscientemente: las buenas madres, las esposas fieles y entregadas, los padres pendientes de sus hijos, los buenos amigos…¿Qué hacen muchas veces en momentos de sosiego o de soledad? Esa personas piensan, recuerdan, procesan datos obtenidos por una capacidad de observación fina, prevén situaciones futuras, maduran decisiones…Desde un observatorio escondido en el corazón piensan habitualmente en personas que quieren. Y esa mirada interior nunca es neutra, indiferente o lejana, sino sinceramente interesada y, lo que es más consolador, es una mirada eficaz que lleva a rezar, a pedir al Señor cosas buenas para las personas queridas o a quitar del propio corazón lastres de malquerencia, de rencores o de injusticias cometidas con otras personas, pidiendo perdón al Señor y tramando situaciones nuevas, más reconciliadas o más amistosas.
La verdadera oración nunca es monólogo, sino diálogo y en la medida en que es diálogo sincero con nuestro Padre Dios, con nuestro Jesús, o con el Espíritu Santo, en ese diálogo entran también muchas otras personas. En cierta ocasión hablaba Santa Teresa con el Señor y ponderando las cualidades de cierta persona a quien quería atraer al Carmelo, dijo con espléndida libertad al Señor: ¡qué bueno sería para amigo nuestro!”.
¡Ojalá nos acostumbremos a convertir en diálogo con Dios nuestra memoria y nuestro pensamiento! Si es recuerdo de seres queridos que ya se fueron, podemos hablar de ellos con Dios y también con ellos, en Cristo nuestro Señor. Así lo recuerda la Encíclica del Papa. Podemos enviarles nuestro cariño e, incluso, pedirles perdón. E interceder por ellos si se están purificando. No podemos hablar en nuestra oración con los que aún viven en la tierra, pero sí podemos hacerlo con su Ángeles Custodios. A esa realidad grandiosa le llama Benedicto XVI “la comunión de las almas”.
Vuestro amigo sacerdote
Jorge

Estoy en pleno duelo, como dice la Tanatologia en la segunda etapa, en el dolor, y Nuestro Señor me deja sentir su consuelo a traves de estas palabras de Nuestro Santo Padre,
Gracias Señor, Alabado Seas
Gracias por crear este espacio, hace tres noches entré aqui para buscar distracción y evitar el dolor de mi duelo, y encontré este espacio maravilloso y reconfortante, muchas gracias