*Mi fugaz encuentro diario con inmigrantes.
Noviembre 8, 2007 por jsalinas
Tengo una experiencia diaria de los inmigrantes a Madrid muy especial. No está recogida en ningún medio. Veréis, yo vivo muy cerca de una boca de Metro, aquí en Madrid. La boca de Metro es PIO XII, línea 9. Pues bien, entre la mucha gente que sale a la superficie desde las profundidades de la tierra, hay un número considerable de emigrantes que se encuentra desorientados ante una encrucijada de calles con bastante tráfico. Suelen llevar en la mano un papel, un mapa, un sobre con una dirección. Se les adivina la inseguridad en el rostro, al no conocer esa zona. En cuanto ven a un sacerdote, fácilmente identificable, como es mi caso, me eligen inmediatamente como guía seguro. Se acercan con mucho respeto, pidiendo perdón porque piensan que es un abuso quitarme unos segundos de mi tiempo, y me preguntan: “Padre, ¿me puede decir dónde está tal calle, o tal otra?”
Yo siempre les repondo con alguna de estas preguntas, según el caso:”¿Va Vd. al consulado de los ecuatorianos?, ¿a la embajada de los búlgaros?, ¿al consulado de Holanda?, ¿al Hospital de Día PIO XII?, ¿a las oficinas del Ministerio de Asuntos Exteriores?, ¿a la Policia Nacional?,etc.

Todas estas dependencias se encuentran en un radio de varias cuadras y las conozco perfectamente. Después de aclararme sobre su destino les doy una explicación detallada, lo más amable que puedo. Esto me pasa a diario y, en algunos días, varias veces. Es cuestión de minutos, de segundos…pero pienso que para esos hombres o esas mujeres que me abordan, sin conocerme pero sin dudarlo, ven en mí la presencia de un sacerdote, la presencia de la Iglesia Católica, la presencia de algo que les despierta confianza. Y eso me ha ocurrido con chinos, con africanos, con extranjeros que probablemente no eran católicos. ¿Sabéis una cosa? Me quedo muy contento en dedicar estos breves ratos de tiempo a esos menesteres…Algo quedará en sus corazones que, más o menos, significa Jesucristo, Iglesia Católica.
Jorge Salinas


Querido don Jorge:
Entiendo esa satisfacción que da el ayudar al prójimo (en este caso al más necesitado), y me hubiera gustado experimentarla hace mucho, mucho tiempo…
Yo soy profesor de Universidad, y durante años puse como prioridad la satisfacción de mi propio interés “intelectual”, el prójimo era entonces alguien que me quitaba tiempo, me molestaba, me perturbaba… Sobre todo cuando acudía a mí para solicitar un pequeño favor (¡qué lata! me decía, y si accedía a hacer aquel favor era por la buena educación recibida en mi niñez y juventud).
Luego fui abriendo los ojos, porque me casé, porque tuve hijos, porque me fui dando cuenta de todo lo que el prójimo hace por nosotros (esos inmigrantes de que habla usted ¿no son los mismos que nos limpian las casas, nos curan frecuentemente en las clínicas privadas, nos recuerdan, pidiéndonos en las iglesias, que podemos practicar la virtud de la caridad…?. Esos chicos a los que impato clase ¿no son en realidad mis hijos, a los que intento formar para que se ganen la vida honradamente? Esa mujer divorciada y sola con la que a veces me encuentron ¿no podría ser mi mujer, si yo hubiera dado prioridad a mi “cátedra” por decirlo así, en lugar de a mi matrimonio, lo que, menos mal, no he hecho?).
No puedo decir (más quisiera) que hoy atiendo al prójimo como Cristo nos muestra (en su caso hasta la entrega de la vida terrenal) y sugiere (y digo sugiere porque Él sólo manda a quien quiere ser mandado), pero quiero esforzarme en seguir por la senda abierta en mi vida hace algún tiempo, porque, cada día más, creo firmemente (ya que soy católico ¿cómo si no?) que el mayor tesoro que podemos encontrar en la tierra es a nuestro hermano, el prójimo, hecho a imagen y semejanza del Creador.
Abrazos.
José Manuel
La Iglesia Católica tiene mucho carisma en los países de emigrantes.