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El Papa Francisco ha puesto en escena algo divertido y, al mismo tiempo, conmovedor.  En su intervención dominical en el rezo del Ángelus, ayer domingo 17 de noviembre, recomendó una nueva medicina para el corazón del hombre , la “Misericordina” y anunció su distribución entre los miles de fieles que ocupaban la Plaza de San Pedro. Efectivamente, un nutrido grupo de voluntarios distribuyeron 20.000 cajitas, con formato muy semejante al de muchos fármacos, pero con un contenido  sorprendente: un pequeño rosario y las instrucciones para rezar “La Coronilla de la Divina Misericordia”, una devoción cada vez más extendida que introdujo Santa Faustina Kolwalska.

Hay algo de juego infantil,  de travesura pastoral, en este modo de fomentar la invocación a la Divina Misericordia, que en palabras del Beato Juan Pablo II  “es la única esperanza del mundo”.

El Papa Francisco, ciertamente dotado de carismas especiales, con una gran libertad y sencillez, está reconduciendo al Pueblo de Dios hacia  actitudes  esenciales.  Delante de un Dios que nos ama y nos busca, que está empeñado en salvar al mundo,  la única postura posible es reconocer nuestros pecados e invocar su infinita capacidad de perdón: ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

Ésta es la oración más antigua de todas las plegarias dirigidas a Jesús: Kyrie eleison (en griego): Señor, ten piedad (en español).  En todas las misas la recitamos tres veces, en el comienzo de la celebración eucarística.

La devoción que, por inspiración divina, introdujo en la Iglesia Santa Faustina Kowalska va en esa línea. En esa misma dirección ahondó Juan Pablo II elevando a los altares a su paisana Faustina e instituyendo el Domingo de la Divina Misericordia. En esa dirección fue Benedicto XVI y, ahora,  continúa el Papa Francisco.

Invocar  la Divina Misericordia es el máximo tributo a la verdad.  Reconocemos ante Dios nuestra indigencia, pedimos perdón de nuestros pecados y nos abandonamos  llenos de confianza al amor que nos tiene.

J. S.

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