artículo publicado en La Razón por el autor antes de ser nombrado Secretario General de la Conferencia Episcopal Española. Por su interés lo reproduzco en este blog

José María Gil Tamayo -. Consultor del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales.

Hablando de información religiosa con un gran maestro de periodistas, que cubrió hace medio siglo las sesiones del Vaticano II, me contaba una anécdota que presenció en la Plaza de San Pedro, cuando el cardenal Ottaviani anunciaba el 21 de junio de 1963 el nombre del nuevo Papa en la persona del cardenal Montini, que tomaba el nombre de Pablo VI: una persona de porte distinguido mostraba sin pudor su desagrado con la elección repitiendo a voces mientras se retiraba de la plaza: «Venti anni di pazienza!!!». Al menos esta persona se daba a sí misma el plazo de dos décadas para vivir en silencio su disconformidad con Pablo VI. Al fin y al cabo el elegido era el nuevo Vicario de Cristo. Hoy, en cambio, y en contraste con la gran aceptación popular del Papa Francisco por parte de los católicos y de la opinión pública mundial, está apareciendo una forma de contestación y desafecto al Papa más o menos discreta en lo exterior, pero muy activa en los medios digitales, especialmente de corte tradicionalista y conservadores, como «Il Foglio» de Giuliano Ferrara, y «Chiesa» y «Settimo Cielo» de Sandro Magister, por citar sólo algunos italianos de amplia difusión en ámbitos eclesiásticos, que después son amplificados en otros españoles. En ellos se da espacio, en aras de la ortodoxia doctrinal y litúrgica y en nombre de la Tradición –¡más papistas que el Papa!–, a una abierta descalificación del Romano Pontífice.

En los mencionados sitios, autores como Alessando Gnochi y Mario Palmero someten al Papa Francisco a un duro examen doctrinal. Otro tanto hacen con sus directrices pastorales y gestos, queriendo destacar que la riqueza que para el común de los católicos supone la originalidad del estilo de cada nuevo Obispo de Roma, para ellos no es más en este caso del Papa latinoamericano que ruptura con sus predecesores en la Sede de Pedro y descamino en la singladura dos veces milenaria de la Iglesia, de la que ellos, por lo que parece, poseen en exclusiva la carta de navegación. Por otro lado, olvidando el genuino sentido eclesial del diálogo con el mundo de hoy y del ejercicio prioritario de la caridad evangélica que realiza el Papa Bergoglio, otras formas de contestación, situadas sobre todo en el ámbito norteamericano, difunden la falsa acusación al Santo Padre de haber abandonado la prioridad de la defensa de la vida humana y del matrimonio y la familia, así como de postergar la batalla cultural contra el secularismo y plegarse al relativismo, al primar en la acción pastoral la cercanía a los más necesitados, saliendo la Iglesia de sí a las antiguas y nuevas «periferias» del desvalimiento humano. Para estos grupos, no es tanto la reforma de la Curia Romana lo que les preocupa –éste es un asunto más de eclesiásticos–, sino que les «escandaliza» las nuevas formas comunicativas que de manera tan eficaz utiliza el Papa Francisco en su misión evangelizadora con la espontaneidad de sus discursos y homilías, así como las entrevistas concedidas a la «Civiltà Cattolica» o a Eugenio Scalfari, fundador del diario «La Repubblica», donde expone, de forma directa y coloquial, al gran público su parecer sobre la Iglesia y su misión en el mundo de hoy.

En el extremo opuesto a las contestaciones apuntadas se asiste también a sospechosas alabanzas de selectivas intervenciones y gestos del Papa Francisco. Las realizan, entre otros, desde conocidas posturas de disidencia progresista con los pontificados anteriores, grupos afines al sacerdote austriaco Helmut Schüller o al teólogo Hans Küng. Esta corriente, también difundida en los medios afines, considera que con este pontificado ha llegado la hora de la alternancia a los 35 años anteriores del gobierno eclesial, como si en la Iglesia funcionara una dialéctica política, y ahora toca conseguir toda una serie de reivindicaciones de ruptura, entre las que destaca el sacerdocio femenino, abolición del celibato sacerdotal, la liberalización de la moral sexual de la Iglesia, etc.

En el fondo, estas posiciones reseñadas no son más que exponentes de «tentaciones» de ideologización del mensaje evangélico (reduccionismo socializante, psicologismo y propuestas gnósticas y pelagianas), de funcionarismo y de clericalismo, que entorpecen la misión de la Iglesia y contra las que ponía expresamente en guardia el Papa Francisco en Brasil, en su discurso a los obispos responsables del CELAM, al señalar que «la opción por la misionariedad del discípulo será tentada. Es importante saber por dónde va el mal espíritu para ayudarnos en el discernimiento. No se trata de salir a cazar demonios, sino simplemente de lucidez y astucia evangélica». Gracias al Espíritu Santo que le asiste, al Papa Francisco no le faltan ni una ni la otra, además de un magnífico sentido común y un inmenso amor a Cristo y a la Iglesia, a los que se une una gran humanidad que se muestra –como no podía ser de otra manera en un Pastor de la Iglesia– en un apasionado amor a los más pobres y desvalidos. Además, como confesaba san Ambrosio en una frase que se ha hecho célebre para hablar del Papado: «Ubi Petrus ibi Ecclesia» (Donde está Pedro allí está la Iglesia). Ahora Francisco es Pedro. A los creyentes esto nos basta.

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