He conocido a profesores y profesoras que, al final de una jornada agotadora, lamentan el poco interés y la poca dedicación que tienen algunos padres en la verdadera educación de sus hijos. Nosotros no sustituimos a la familia, somos simplemente colaboradores, pero a veces nos dejan el trabajo que deberían hacer ellos y tenemos que bregar con casos de chicos y chicas jóvenes problemáticos, carentes de afecto familiar o sin la guía necesaria para afrontar la vida.

En muchos casos la formación tiene que empezar por los padres. Ser buen padre o buena madre no son cualidades infusas. También ellos tienen que aprender, especialmente en los primeros años de matrimonio y contar con la experiencia de expertos en educación y de otras familias.

Hay que asumir con responsabilidad la tarea de formar hombres y mujeres cabales para el futuro. Esa tarea tiene más importancia que el trabajo profesional u otra ocupación secundaria

                                                                                                                                                            J.S.

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