La confianza en que Dios es un Padre que lo ve todo y que nos ama y que va disponiendo las cosas en beneficio nuestro es una idea profunda y exclusivamente cristiana. Lo que llamamos Providencia Divina es algo que no se da fuera del cristianismo. En el paganismo el curso de los acontecimientos no está regido por ninguna lógica. Los dioses pueden irritarse y descargar su cólera sobre los hombres. Hay que calmarles con sacrificios y ofrendas. Pero, en general, predomina la idea del fatum, del destino inevitable.

Por contraste, la Historia de la Salvación es la historia de un idilio en el que Dios busca al hombre, con amor de Padre, contando siempre con la libertad de la criatura. Pensemos en dos situaciones primordiales en las que la respuesta humana a la invitación divina fue completamente distinta en un caso y en otro. Dios dispuso la creación de un modo maravilloso pensando en la felicidad del hombre a quien encarga la tarea de completar la propia creación a través de la familia y del trabajo. Pero Dios no quiso imponer ese orden creado a quién había dotado con el don de la libertad. Quiso contar con la respuesta humana. La respuesta por parte de nuestros primeros padres fue la rebeldía. Adán y Eva cambiaron la historia y la convirtieron en algo muy distinto lo que Dios quería en un principio.

La historia volvió a cambiar radicalmente cuándo María dijo al plan divino de la Encarnación. Por Ella nos vino Cristo y con Cristo cambió definitivamente la historia humana con su Si al Padre en la Cruz.

En una escala más pequeña y cercana, cada uno de nosotros somos co-protagonistas con Dios en la marcha de la historia. Si alguien peca está empeorando el mundo y, cada vez que decimos que a lo que Dios nos pide, estamos contribuyendo a que se realice la Redención, es decir a la mejora de este mundo.

No existe por tanto la fatalidad, sino un permanente diálogo entre Dios que nos busca y la respuesta humana en cada momento.

J.S.

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