Ayer publiqué en este blog una nota recordando la necesidad de rezar siempre para que haya vocaciones sacerdotales en la Iglesia. He recibido muchos comentarios diciéndome que también había que rezar para que hubiera muchas vocaciones al matrimonio, para que hubiera matrimonios santos, de donde salieran vocaciones muy distintas, a la vida religiosa,  al sacerdocio y a otras formas de compromiso con la evangelización.

Este comentario es certero porque, en efecto, todos los caminos que Dios suscita en el seno de su iglesia son complementarios y están entrelazados entre sí. Hay que hablar de vocación divina al matrimonio como algo distinto a las relaciones inestables,  sin una finalidad clara de formar una familia. Y también como alternativa a otros tipos de solterias que no tienen nada ver con el Evangelio.

Ser padre ser madre, crear una familia, un recinto de amor y convivencia en el que crecen los hijos, que mañana serán hombres y mujeres,  es una tarea verdaderamente divina. De familias cristianas saldrán otras familias igualmente cristianas y no faltarán decisiones santas de servir a Dios y a los demás dentro de ese tejido maravilloso que es la gran Familia de los hijos de Dios. Eso precísamente es la Iglesia, reflejo de la Santísima Trinidad e instrumento para la salvación del mundo.

J.S.

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