Es asombroso, si buscas en Google la palabra coaching encuentras numerosas páginas. El mismo concepto de coaching es amplísimo porque empezó a usarse en el terreno deportivo después pasó al terreno empresarial y ahora se aplica numerosos campos también el espiritual, a la formación de la personalidad, etc. Las palabras entrenador o consejero se han quedado cortas y pobres para abarcar todo lo que ahora se quiere decir con coaching.

A pesar de su aparente novedad, en la experiencia de vida cristiana de 21 siglos siempre ha existido una realidad ante la cual la misma palabra inglesa coaching resulta pequeñita.

Hay una  especie de inmenso y prodigioso coaching por el que Dios nos lleva de la mano en cada momento. Se llama en el lenguaje tradicional cristiano la Divina Providencia.

Empecemos por el proyecto de vida.

Hemos sido elegidos por Dios en Cristo antes de la creación del mundo para que seamos santos. Así resume San Pablo nuestra vocación básica cristiana.

Nuestra realización plena como hombres está en manos de Dios y también en nuestras manos. Esa plenitud consiste en la identificación con Cristo por caminos que solo Dios sabe y que nos va manifestando a lo largo de nuestra vida. Quién de un modo discreto y casi oculto nos va a transformando en Jesucristo es el Espíritu Santo.

Pero ese proyecto divinos se extiende a toda la humanidad. Dios quiere que todos los hombres se salven. Ese es el deseo de Dios. Los hombres tenemos de triste posibilidad de rechazar ese designio divino porque Dios creado libres y nos quiere libres.

El instrumento que Dios ha dispuesto para la redención de los hombres y del cosmos es la Iglesia. La Iglesia es Madre y Maestra. Mediante el cuidado de los pastores, sucesores de los apóstoles, con sus enseñanzas, exhortaciones y los Sacramentos, la Iglesia nos ayuda a encontrar nuestro propio y personal camino dentro de la gran Familia de hijos de Dios.

Pero nunca estamos solos en nuestro caminar. Decía Benedicto XVI:  ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal.

Es muy razonable que en nuestro caminar personal busquemos personas o comunidades cristianas que pueden entendernos y puedan ayudarnos o acompañarnos en nuestro personal discernimiento ante cada situación sobre lo que nos lleva Dios o nos aparta de Dios.

Es lo más razonable y la Iglesia lo aconseja siempre. Pero también hay sensibilidades muy individualistas que prefieren “ir por libre”. En todo caso, hay un principio básico en la vida cristiana que San Josemaría lo repitió oralmente y por escrito muchas veces al dirigirse a padres de familia, a los maestros, a educadores y formadores de la juventud, a toda suerte de consejeros espirituales: no olvidéis nunca que el modelo es Jesucristo y el modelador es el Espíritu Santo.

                                                                                                                                                              J.S.

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