Según san Josemaría, el cristiano corriente debe ser contemplativo precisamente -como ya decíamos- en y a través de su vida ordinaria, ya que la contemplación no se ha de limitar a unos momentos concretos durante el día: ratos dedicados expresamente a la oración personal y litúrgica, participación en la santa Misa, etc., sino que ha de abarcar toda la jornada, hasta llegar a ser una oración continua, donde el alma se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas (AD, 307). Por eso afirma: Quisiera que hoy (…) nos persuadiésemos definitivamente de la necesidad de disponernos a ser almas contemplativas, en medio de la calle, del trabajo, con una conversación continua con nuestro Dios, que no debe decaer a lo largo del día. Si pretendemos seguir lealmente los pasos del Maestro, ése es el único camino (AD, 238).

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