Días especialmente santos

Estos son días para una mayor piedad, para vivir más familia, para una participación en  liturgia más solemne del año (Jueves Santo, Viernes Santo, Vigilia Pascual), para disfrutar de la piedad popular (procesiones presenciales o en TV), para un sencillo descanso en el campo o en un pueblo.

Días especialmente de Jesús

Estamos en los días centrales de la fe y del culto cristiano, días verdaderamente Santos. Por las vacaciones escolares o laborales, muchas familias tienen la ocasión de estar juntas. Cualquier brusquedad, o e enfado o, simplemente, prescindir de los demás en los planes personales, no pega ni con cola.

Mirar al Crucifijo

SELRES_0069a7e0-2a9f-415c-8443-93a5f4c81b0fEnseñad a vuestros hijos a mirar el crucifijo y la gloria de Cristo. Y nosotros, en los momentos malos, en los momentos difíciles, envenenados quizá por haber dicho en nuestro corazón alguna desilusión contra Dios, miremos las llagas. Cristo levantado como la serpiente: porque Él se hizo serpiente, se anonadó del todo para vencer la serpiente maligna. Que la Palabra de Dios hoy nos enseñe este camino: mira al crucifijo. Sobre todo, en el momento en el que, como el pueblo de Dios, nos cansemos del viaje de la vida (Papa Francisco, Homilía en Santa Marta, 20.3.2018)SELRES_0069a7e0-2a9f-415c-8443-93a5f4c81b0f (Para Francisco

 

Semana Santa: Nos amó hasta el fin

En el corazón del año litúrgico late el Misterio pascual, el Triduo del Señor crucificado, muerto y resucitado. Toda la historia de la salvación gira en torno a estos días santos, que pasaron desapercibidos para la mayor parte de los hombres, y que ahora la Iglesia celebra «desde donde sale el sol hasta el ocaso». Todo el año litúrgico, compendio de la historia de Dios con los hombres, surge de la memoria que la Iglesia conserva de la hora de Jesús: cuando, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin». (Felix María Arocena, espléndido artículo aquí)

Jesús Resucitado

Me propongo en este artículo hacer una síntesis o resumen de lo que esencialmente podemos decir de Jesucristo y su relación con el tiempo y el espacio teniendo en cuenta el magisterio reciente de la Iglesia. Considero que la reflexión teológica puede ayudar a una integración vital, en el interior de cada cristiano, de la fe de la Iglesia que profesa, de la liturgia en la que participa, de la oración que practica y su vida cotidiana. Un hombre que carezca de fe puede sentir un gran aprecio por la figura de Jesús, comparándola con otros personajes importantes del pasado. De hecho, esto le ocurre a creyentes de todas las religiones. Hay judíos, musulmanes, hindúes, budistas, etc. que manifiestan admiración por la conducta de Jesús y por sus enseñanzas; incluso le conceden un rango que roza lo divino. Otras personas agnósticas o ateas le consideran un hombre de cualidades humanas excepcionales como puedan ser su altruismo, su generosidad o su comprensión de las debilidades humanas. En todos estos casos Jesús es mirado como alguien que vivió en este mundo, desarrolló una actividad dentro de un marco geográfico y cultural determinado, murió trágicamente en tiempos de Poncio Pilato y dejó tras sí una estela de discípulos que afirmaron su existencia después de la muerte y una presencia suya invisible en medio de ellos; y así hasta nuestros días. Alguien que carezca de la fe podrá representar a Jesús de Nazareth como una persona humana que protagonizó o fue afectado por acontecimientos ya pasados. Lo que hizo o le aconteció ya no existe; sólo queda en la historia presente su memoria, el influjo de sus enseñanzas, la realidad de los creyentes cristianos. Un incrédulo difícilmente captará algo más cuando se le mencione el nombre de Jesús. La fe, en cambio, es el conocimiento completo (en claroscuro) de la Persona y del Acontecimiento llamado Jesucristo. Es el conocimiento, otorgado por el Padre en el Espíritu, de una realidad permanente: Cristo muerto y resucitado.

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La vida eterna

La expresión «vida eterna» no significa la vida que viene después de la muerte –como tal vez piensa de inmediato el lector moderno–, en contraposición a la vida actual, que es ciertamente pasajera y no una vida eterna. «Vida eterna» significa la vida misma, la vida verdadera, que puede ser vivida también en este tiempo y que después ya no puede ser rebatida por la muerte física. Esto es lo que realmente interesa: abrazar ya desde ahora «la vida», la vida verdadera, que ya nada ni nadie puede destruir.

(Joseph Ratzinger – Benedicto XVI. Jesús de Nazaret – Segunda parte)